jueves, octubre 20, 2005

Te saludo

Dulce otoño, estación que me vio nacer. Yo te saludo con alegría después de la euforia estival, con el mismo sentimiento con que un viajero saluda a la luz cálida de una posada después de un día repleto de aventuras.

Dulce, amrgo otoño, tu majestuosa cabeza coronada de nubes grises, como el cabello de un venerable maestro testigo de muchas edades, me acompaña mientras camino arrullado por el freso viento de tus pensamientos. Contigo los parques y las arboledas se asemejan a una fiesta en la que los árboles son tus invitados; algunos van vestidos formalmente de un oscuro verde esmeralda y los otros con ropajes de oro largas estolas que dejan volar al viento. Los miro conversar entre ellos, mezclar sus estolas fraternalmente, en un cálido baile de despedida.
Es una fiesta de despedida, antes de retornar al sueño invernal, frío y reparador. Hablan de lo que han visto desde que comenzó la vida en la primavera. Recuerdan las flores y los soles pasados de la misma manera que ves a los abuelos contar historias de su juventud, cuando el mundo era distinto. Oh... cuánto daría por participar en esas conversaciones, por tener siquiera un ápice del recuerdo y del conocimiento que tienen ellos. Airean sus secretos para quien pueda entenderlos, pero no tengo oidos para escucharlos.

Dulce, venerado otoño, espíritu del atardecer a pesar de que solamente un cuarto de ellos muera bajo tu manto azul y plata, alma del poeta que añora, del músico que rememora, del amante que recuerda, testigo de ojos que se entornan anhelando el sueño.

Dulce, silencioso otoño, no tengo nada para ofrecerte salvo mis pensamientos y mi silencio, mi introspección y mi reflexión, mi añoranza y mi esperanza.

Te he echado de menos, dulce otoño. Te saludo.

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